De Rosario a Montevideo: cómo una argentina destacó en Uruguay con su diferencia
Irene dejó Argentina a los 22 años sin planes ni contactos. Veinte años después, reflexiona sobre qué la hizo prosperar en una sociedad con códigos muy distintos.

Hace dos décadas, Irene abandonó Rosario para instalarse en Montevideo sin una estrategia clara, apenas enamorada del lugar y con la ingenuidad de quien imagina una mudanza como unas vacaciones eternas. Hoy, a los 42 años, dirige su propia pastelería en la capital uruguaya y reflexiona sobre qué rasgos argentinos la distinguieron en una cultura profundamente distinta.
Cuando dejó Argentina con 22 años, Irene trabajaba como recepcionista en una concesionaria rosarina donde ya le asignaban tareas de gestión de calidad. Estudiaba en paralelo. Tenía perspectivas de crecimiento claro, pero algo no encajaba. Durante sus vacaciones en las costas uruguayas descubrió lo que creía buscar: una vida nómade lejos de las presiones de la carrera tradicional. Sin ahorros, sin amigos, sin pareja en el destino, se fue de todas formas.
Sus padres, que la criaron con libertad, confiaban en su capacidad para resolver. Irene construyó su presente sin depender de nadie. Encontró alojamiento en una casa compartida a través de clasificados de El País, compartió espacio con tres chicas que se convirtieron en hermanas, y tras seis meses se mudó a un lugar más privado. Pero lo que realmente la sostuvo fue el enamoramiento del territorio.
Durante los primeros meses, la felicidad absoluta la envolvía. El frío intenso, la humedad sofocante, las calles gastadas le parecían hermosas. Todo lucía de película. Los velos cayeron cuando comenzó a trabajar. En un shopping, Irene notó algo fundamental: los fines de semana y feriados eran sagrados para los uruguayos. Mientras ella estaba dispuesta a cubrir esos días, sus colegas imponían una resistencia firme que la sorprendió. Cambió de empleo a uno mejor remunerado, pero la dinámica persistía. Ella se quedaba 15 minutos más. Eso marcaba diferencia.
Con el tiempo aprendió a ver un lado positivo en esa rigidez: la protección del tiempo personal. Pero en otras esferas de la vida, esa inflexibilidad le parecía problemática. Un escape de gas o un caño roto no espera al lunes, pensaba. En Argentina estaba acostumbrada a resolver emergencias cualquier día de la semana. En Uruguay, la estructura respondía de otra forma.
Lo más revelador para Irene fue el ateísmo marcado de Uruguay. El país se enorgullecía de la separación Estado-Iglesia y de su carácter secular. Los católicos eran rareza. Nadie entendía sus referencias religiosas. Para ella, ese vacío espiritual colectivo traía consecuencias: un pueblo sin referentes más grandes que el Estado mismo, sin la fe como refugio. Eso derivaba en un Estado omnipresente, hipertrofiado, que reemplazaba la espiritualidad con burocracia extrema.
A pesar de las restricciones, Irene se sentía cuidada. Los controles, los radares, las normas funcionaban. Pero los trámites simples requería infinitos pasos, sellos y derivaciones. La idolatría del Estado había generado un país ridículamente burocrático, reflexionó.
Llegaron entonces el amor, la familia, y la concreción de un sueño: emprender en pastelería y cafetería con su proyecto Santé Postres y Afines. Un negocio que revivía los sabores de su infancia argentina con una mirada latinoamericana fuerte. Irene contaba con ventajas que no todos poseían: dominaba inglés, francés y portugués. Accedió a empleos bien remunerados desde el inicio. En una sociedad de costo de vida muy elevado, eso fue decisivo. Quienes no llegaban a mercados laborales premium quedaban rezagados.
Pero fue su predisposición argentina la que terminó de marcarla: la capacidad de dar un poco más, de resolver sin esperar al lunes, de no conformarse con los límites rígidos. En un mercado desafiante como Montevideo —apenas un millón de habitantes— destacarse requería exactamente lo opuesto a la mentalidad local. Veinte años después, Irene sigue allí. No por Montevideo solamente, sino porque lo que la hizo diferente en Montevideo fue lo que trajo desde Rosario.


