Magnicidios y lobos solitarios: la obsesión política por las conspiraciones
Mientras Trump y Milei atribuyen el atentado a la izquierda, investigadores y antecedentes históricos apuntan a trastornos psiquiátricos individuales.

Minutos después del atentado contra Donald Trump en el hotel Hilton de Washington, la secretaria de prensa de la Casa Blanca culpó al "culto de odio de la izquierda" del hecho. El lunes, en la cena anual de la Fundación Libertad, Javier Milei se solidarizó con el presidente norteamericano y afirmó que "el marxismo no tiene ningún problema en matarnos si les es necesario". Sin embargo, fuentes oficiales y del Servicio Secreto estadounidense desestimaron la hipótesis de un complot y sostuvieron la teoría del lobo solitario.
El propio Trump describió al atacante como "el tipo está enfermo". Los investigadores concluyeron que Colen Thomas Allen actuó solo, sin vinculación a ninguna agrupación terrorista o facción política. En un manifiesto preliminar atribuido a Allen, este se autotitula "asesino amistoso" y acusa a Trump de pedófilo y violador. Pese a esto, el presidente rechazó públicamente las acusaciones en una entrevista con la periodista Norah O'Donnell en la CBS y vinculó a los demócratas con el fallecido Jeffrey Epstein.
La conducta de Allen reitera un patrón histórico documentado: los magnicidas modernos actúan por motivaciones personales, no políticas coordinadas. Un caso similar ocurrió hace 45 años en el mismo Hilton. John Hinckley Jr., californiano como Allen, disparó contra el presidente Ronald Reagan en 1981. La bala se alojó a solo dos centímetros y medio del corazón. Reagan sobrevivió, pero James Brady, secretario de prensa, quedó paralizado de por vida. Hinckley confesó que su único objetivo era impresionar a la actriz Jodie Foster. Declarado demente, pasó décadas en un instituto psiquiátrico en lugar de una cárcel y hoy, a los 70 años, vive en libertad incondicional.
Los líderes políticos temen especialmente a los lobos solitarios porque no alcanzan la categoría de enemigos ideológicos; son simplemente individuos con trastornos mentales. Cristina Kirchner lo evidenció años atrás cuando intentó convencer a la Justicia de que el atentado del que fue víctima respondía a una conspiración política. El atacante, Fernando Sabag Montiel, pertenecía a una pandilla marginal sin consistencia ideológica alguna. El presidente Alberto Fernández ordenó paralizar el país: decretó feriado nacional el 2 de septiembre de 2022. Se trató del único feriado de la historia tributado a un magnicidio fallido.
La obsesión política por explicar todo mediante conspiraciones oscurece realidades psiquiátricas complejas. Los presidentes que utilizan vocabulario extremista, descalificador y agresivo rara vez se hacen cargo del clima que generan ni asumen responsabilidad sobre el tono de la conversación política. Tampoco reconocen que su retórica puede nutrir a individuos frágiles mentalmente.
Sin embargo, la historia demuestra que la violencia contra figuras públicas no es producto de las redes sociales. Entre fines del siglo XIX y comienzos del XX, Europa sufrió una epidemia de magnicidios sin Twitter, Instagram ni WhatsApp. Marie Francois Sadi Carnot, presidente de Francia, fue apuñalado en 1894. Antonio Cánovas del Castillo, presidente español, murió en 1897 de tres balazos. Sissi, emperatriz de Austria, fue asesinada en 1898. William McKinley se convirtió en 1901 en el tercero de cuatro presidentes estadounidenses asesinados. En 1909, en Buenos Aires, el coronel Ramón Falcón, jefe de policía, fue muerto por una bomba arrojada por Simón Radowitzky, inmigrante ruso anarquista de 18 años.
Muchos de estos crímenes fueron obra de anarquistas que consideraban legítimo atacar símbolos de poder. Otros buscaban vengar injusticias concretas. El magnicidio de mayores consecuencias fue el de Sarajevo en 1914: Gavrilo Princip, serbobosnio de 19 años, asesinó al archiduque Francisco Fernando para liberar a los eslavos del dominio austrohúngaro. Su acto precipitó la Primera Guerra Mundial y el colapso de cuatro imperios.
Argentina no fue ajena a esta violencia. Varios presidentes sufrieron atentados, aunque solo dos magnicidios contra expresidentes prosperaron: el de Urquiza en 1870 y el de Aramburu. En todos estos casos, la realidad fue más compleja que cualquier narrativa de conspiración política.


