Darío Sztajnszrajber: "La vida es demasiado corta para que todo tenga que rendir"
El filósofo cuestiona la obsesión contemporánea por la utilidad y reflexiona sobre cómo la búsqueda constante de propósito puede estar arruinando nuestra forma de vivir.

El filósofo Darío Sztajnszrajber plantea una pregunta incómoda en tiempos de productividad extrema: ¿por qué sentimos la obligación de que todo en la vida tenga que rendir? En una conversación reciente, el pensador argentino cuestionó frontalmente la cultura de la utilidad que permea la sociedad contemporánea y sus consecuencias sobre cómo experimentamos la existencia.
"La vida es demasiado corta para que todo tenga que rendir", afirma Sztajnszrajber, desafiando una premisa que parece haberse naturalizado en el discurso cotidiano. Según el filósofo, la obsesión con convertir cada momento en algo productivo, cada actividad en un medio para alcanzar un fin, ha generado una relación neurótica con la existencia misma.
Durante el diálogo, Sztajnszrajber reflexionó sobre conceptos que ocupan el centro del debate contemporáneo: la felicidad y el propósito. Lejos de ofrecer respuestas reconfortantes, el pensador puso en crisis estas nociones ampliamente difundidas. La idea de que debe existir un propósito único y transformador en la vida, o que la felicidad es un estado permanente al que podemos acceder mediante fórmulas específicas, forma parte de una narrativa que, para el filósofo, contribuye más al malestar que a la liberación.
La reflexión de Sztajnszrajber toca también el vínculo entre la vida y la muerte. Cuando se reconoce la finitud de la existencia, sostuvo, la presión por optimizar cada segundo pierde parte de su sentido. La muerte no es un fracaso que deba postergarse con más productividad, sino una realidad que invita a replantear qué significa realmente vivir.
En este contexto, el filósofo sugiere que la cultura contemporánea ha colonizado incluso los espacios de descanso y ocio. Ya no es posible simplemente estar: todo debe apuntar hacia algo. Leer un libro debe mejorar nuestro conocimiento, hacer ejercicio debe optimizar el cuerpo, pasar tiempo con amigos debe fortalecer la red social. Esta lógica del rendimiento, advertía, erosiona la posibilidad de experiencias gratuitas, de momentos que simplemente suceden sin justificación.
La conversación también abordó cómo esta obsesión con la utilidad genera ansiedad generalizada. Si la vida debe rendir, entonces cada momento no productivo se vive como una pérdida. El descanso genera culpa. El ocio se transforma en un problema a resolver. Y la búsqueda incesante de propósito, lejos de dar sentido, genera una sensación de vacío perpetuo, de estar siempre en la antesala de aquello que verdaderamente importa.
Para Sztajnszrajber, desmontar esta lógica requiere un acto de rebeldía cotidiana: permitirse momentos sin función, espacios sin rentabilidad, tiempos muertos que no lleven a ningún lado. No como estrategia para recargarse y volver más productivo, sino como reconocimiento de que la vida tiene valor en sí misma, independientemente de lo que genere o hacia dónde apunte.


