De estudiante prodigio en Buenos Aires a oncólogo en EE.UU.: la historia de Julio Lautersztain
Tras más de treinta años trabajando en hospitales estadounidenses, un médico argentino regresa para impulsar la enfermería de práctica avanzada en el país.

Julio Lautersztain ingresó a la Facultad de Medicina a los 15 años, siendo el más joven de su camada en la Universidad de Buenos Aires. Mientras estudiaba en el Colegio Bartolomé Mitre, aceleró su formación rindiendo materias libres y, en paralelo, cantaba en el coro de niños del Teatro Colón bajo la dirección de Valdo Sciammarella. Se recibió en 1973 y obtuvo su diploma en 1974, en momentos en que una nueva generación de jóvenes argentinos evaluaba partir del país.
Con títulos validados en embajadas de Alemania, Francia y Estados Unidos, Lautersztain eligió cruzar el Atlántico. Antes de instalarse en Nueva York, se permitió una pausa en Europa. Vivió en España y Francia, donde trabajó como ayudante de conserje en un hotel en Montparnasse. "Me vistieron, me acicalaron y me pusieron detrás de la recepción", recuerda. Con varios idiomas en su haber, la experiencia le permitió recorrer la ciudad, conocer gente de todo el mundo y, entre jornadas laborales, realizar rotaciones como observador en hospitales. Tras un año reconoce que era momento de retomar su carrera.
El contraste en Estados Unidos fue brutal. El internship en el Hospital Mount Sinai lo sumergió en un ritmo que describe como "condiciones casi inhumanas": jornadas de 36 y hasta 44 horas seguidas, sin consideración por la vida personal. "Llegabas a tu casa, comías algo para alimentarte por nutrición y te ibas a dormir", recuerda. El choque no era solo físico: era cultural, pasar de lo que significa ser médico en Argentina a ser, en sus palabras, "casi un peón de la medicina". En una guardia de emergencias del Hospital Manhattan, uno de los más ocupados de Nueva York, se quedó dormido frente a un paciente. El paciente lo despertó.
Aunque había iniciado la residencia en cirugía, con el tiempo abandonó ese camino. Se especializó en patología —anatomía patológica y clínica— en el Hospital Albert Einstein de Nueva York y luego en Maryland, donde obtuvo certificaciones en ambas disciplinas. Fue durante una rotación en terapia intensiva donde conoció a Ana, una enfermera chilena que también había emigrado. "Mi señora dice que la miré como si fuera un ciudadano de segunda categoría", cuenta entre risas, recordando las tensiones históricas entre argentinos y chilenos. Ella lo corrigió en el acto. Hoy llevan más de cuatro décadas juntos, tienen dos hijos adultos y cuatro nietos.
Ambos ya jubilados, viven en Tampa, aunque disfrutan de esta etapa viajando por Chile y Argentina, con una casa en Pucón y un departamento en Recoleta. Crearon una fundación sin fines de lucro con sus nombres. Por estos días están en Buenos Aires con una delegación de profesionales de la University of South Florida para promover la enfermería de práctica avanzada. Esta formación de posgrado habilita a estos profesionales a tratar patologías complejas, diagnosticar, prescribir medicamentos y gestionar casos clínicos, ampliando la capacidad del sistema para atender a más enfermos. "La enfermera y la compasión" es la idea clave que Lautersztain impulsa desde su lugar en la profesión, con una mirada certera de las necesidades que rodean la atención de cada paciente.


