De la manía al abismo: cómo Tomás Roitman sobrevivió a la bipolaridad, la adicción y el acoso laboral
Un diagnóstico de trastorno bipolar, Narcóticos Anónimos y una comunidad de contención le permitieron reconstruirse tras años de consumo, brotes psicóticos y mobbing sistemático.

Tomás Roitman despertó en una clínica psiquiátrica en 2009 sin recordar bien cómo había llegado allí. Su primer episodio maníaco lo había llevado a dirigir un cortometraje con 30 personas en pocos días, con una energía que parecía de superpoder pero que era, en realidad, el síntoma de un trastorno bipolar tipo I que cambiaría el curso de su vida. Hace más de 16 años que está sobrio, luego de haber enfrentado la adicción a la marihuana, brotes psicóticos y, entre 2023 y 2025, un acoso laboral que lo llevó al borde del suicidio.
Hijo de una familia con valores sólidos pero con poca comunicación, Roitman terminó la secundaria en la Escuela Técnica ORT con especialidad en Medios de Comunicación. A los 18 años, la marihuana llegó a su vida como una promesa de libertad. "Pensé que esto era lo que estaba necesitando", recuerda. La sustancia lo aceleraba en lugar de relajarlo, creando un personaje dual que le gustaba: alguien más divertido, más libre, casi inspirado en una estética reggae pero sin pertenecer realmente a esa cultura.
La adicción escaló rápido. Mientras estudiaba Realización de Cine en el CIC, una ruptura amorosa en 2008 lo encerró en su cuarto durante meses. Se pasaba horas viendo películas, con la marihuana ofreciendo un alivio efímero que lo arrastraba a ciclos cada vez más profundos de consumo, aislamiento y desgaste emocional.
"Sentí que las drogas se apoderaban de mí cuando desperté en una clínica psiquiátrica en 2009", afirma. Ese episodio maníaco le permitió organizar la realización de un cortometraje para el concurso George Méliès en pocos días, con decenas de voluntarios. Para Roitman, era confirmación de que estaba despertando. En realidad, era la manía disfrazada de creatividad pura. El diagnóstico llegó poco después: trastorno bipolar tipo I con episodio de excitación psicomotriz.
Aunque hacía terapia desde los 20 años, nadie le había exigido dejar la marihuana. Los síntomas eran severos: depresiones profundas alternaban con estados maníacos sobrecargados, donde su capacidad para convencer a otros era casi sobrenatural. Pero cada manía se pagaba con caídas abruptas, aislamiento y la sensación de haber desperdiciado todo.
El verdadero giro ocurrió el 14 de septiembre de 2009, cuando decidió parar de consumir. "El diagnóstico bipolar no me impactó tanto, pero parar de consumir fue un antes y un después", comenta. Un amigo le sugirió que fuera a Narcóticos Anónimos. Ese programa de 12 pasos se convirtió en su salvación más de una vez.
Durante años, equilibró lo que los especialistas llaman patología dual: adicción y trastorno bipolar. Además de NA, se vinculó con FUBIPA (Fundación Bipolares de Argentina), donde conoció a gente viviendo la misma condición. Aprendió a detectar señales tempranas de desequilibrio, a sostener rutina, a leer sus propias emociones como un manual de instrucciones. La comunidad, más que cualquier diagnóstico, le dio un piso sólido.
Pero entre 2023 y 2025, el infierno regresó en forma de acoso laboral. Trabajaba en un proyecto que amaba, alineado con su pasión por el audiovisual. Sin darse cuenta al principio, estaba atravesando un mobbing sistemático e invisible: no aparecía en créditos, no tenía recursos, no recibía reconocimiento. Poco a poco quedó fuera de la dinámica de su propio equipo. A partir de 2024, se sentía un fantasma incluso para sí mismo.
El desequilibrio emocional aceleró el colapso. "En 2024, mientras vivía ese acoso laboral, pasé de creer que estaba en un proceso de mejoría a estar completamente desequilibrado", recuerda. Se mudó nueve veces en pocos meses. La relación con su pareja se destruyó sin que ninguno entendiera bien por qué. Luego de la ruptura, se fue a Punta del Este con una promesa de trabajo que nunca se concretó.
En un departamento en el piso 13 de Punta del Este, estuvo cerca de suicidarse al menos dos veces. No lo hizo gracias a pedir ayuda, a conectar con gente de los grupos anónimos, a recordar que no estaba solo. Pero las mudanzas continuaron, cada una alejándolo más de la realidad y del dolor que lo quemaba desde adentro.
Entre diciembre de 2024 y febrero de 2025, vivió en cuatro lugares distintos sin decirle a nadie dónde estaba. Sus padres intentaban localizarlo para internarlo, pero en su mente cualquier intento de control se sentía como amenaza. Cortó contacto con ellos y sus hermanos, una decisión que lo destrozaba porque sabía que lo querían, pero necesitaba protegerse.
Durante esos nueve meses vendió casi todo lo que tenía y acumuló deudas significativas. Fue recién en febrero de 2025 cuando logró estabilizarse. Hoy, Roitman sostiene que su historia no es de heroísmo individual sino de comunidad. "Me enseñó a no ir solo por la vida, a admitir que no controlo todo, y a pedir ayuda sin vergüenza", afirma sobre NA. La responsabilidad de su recuperación, aclara, no fue nunca completamente suya: fue el trabajo colectivo de quien lo rodeaba lo que lo mantuvo vivo.


