De Venezuela a Argentina: una migrante descubre la vida que no esperaba
María Eugenia llegó con prejuicios sobre el país, pero diez años después reconoce haber encontrado estabilidad, seguridad y oportunidades que perdía en su tierra natal.

María Eugenia Fermín llegó a Buenos Aires hace diez años con la idea de que Argentina era un país frío y distante. Venezolana de corazón caribeño, nunca imaginó que dejaría el calor de su tierra para seguir a su hija, quien junto a su marido eligió migrar en busca de un futuro menos turbulento. Hoy, desde Morón, en el oeste del Gran Buenos Aires, la mujer afirma sin dudas: "Me equivoqué con mayúsculas".
La decisión de emigrar no fue sencilla. En Venezuela, Fermín trabajaba como administradora de consorcios y corredora inmobiliaria, con una vida que describe como decente. Llegaba a tener hasta tres empleos simultáneos —de lunes a viernes en una inmobiliaria durante el día, por las noches en un consorcio y los fines de semana como auxiliar contable—, pero aun así sus ingresos no alcanzaban. Fue la partida de su hija la que la empujó a dar el salto: apenas pocos meses después de que su familia se fuera, decidió seguirlos hacia un futuro que imaginaba inhóspito.
Se instaló en Boedo, un barrio porteño que rápidamente la conquistó. "Llegué a un barrio hermoso con un encanto especial, hice amistades en el kiosco, en la confitería, en todo lugar al que iba", cuenta con sonrisa. Lo que más la sorprendió fue descubrir una ciudad donde los adultos podían tomar café al aire libre sin temor, donde el transporte funcionaba con regularidad a toda hora y donde las calles eran seguras incluso de noche. "Me sentía en otro mundo", asegura.
Los supermercados y farmacias abastecidos la maravillaron. Después de vivir en escasez, poder comprar lo que necesitaba la hacía sentir, según sus palabras, "millonaria". Las medialunas, las milanesas y las empanadas se convirtieron rápidamente en sus alimentos favoritos. El mate, en cambio, aún no logra conquistarla.
La realidad laboral, sin embargo, fue más hostil que las calles de Boedo. Buscar trabajo en Argentina como extranjera se transformó en una batalla personal. Vivía con su hija y su yerno, pero la necesidad de independizarse la obligó a perseverar. Se mudó a Morón y atravesó empleos que dejaron "marcas emocionales", como ella misma describe. Su tranquilidad, carácter jovial y perseverancia finalmente rindieron frutos: hace cuatro años consiguió su primer empleo en blanco, en la misma empresa donde sigue trabajando con un reconocimiento que valora profundamente.
Lo que más destaca Fermín de su vida en Argentina es algo que para muchos locales pasa desapercibido: el acceso sin interrupciones a servicios básicos. "La calidad de vida es excepcional. Poder contar con agua y luz las 24 horas del día ya es ganancia, algo absurdo pero real", afirma. "Poder bañarme o lavar a cualquier hora del día es estar bendecido. Tener internet y luz es un privilegio. Lo agradezco siempre".
Hoy vive sola en alquiler, paga sus servicios, asume sus deudas financieras gradualmente y, pese a reconocer que la inseguridad en su zona es preocupante, siente que puede transitar con los cuidados necesarios. Tiene cerca a sus primas hermanas venezolanas, casadas con argentinos, y a los padrinos de su nieta argentina. Su familia se integró en Buenos Aires de una forma que nunca imaginó.
"Encontré una ciudad hospitalaria, linda, con gente fenomenal que le encanta compartir", dice mientras reflexiona sobre su prejuicio inicial. "El país nunca fue mi opción de vida. Me equivoqué, lo digo de nuevo. Acá encontré un mundo de oportunidades para mí a pesar de la edad". Para Fermín, Argentina también significó la posibilidad de sanar heridas guardadas desde su infancia y juventud en Venezuela, permitiéndole renacer en una versión de sí misma donde todo se integra de manera resignificada.


