Historia

Dos vidas extraordinarias: Germán Sopeña y Emilio Becher

A 25 años de la muerte de Sopeña, un recorrido por dos periodistas eminentes que dejaron marca en La Nación.

Redacción3 min de lectura
Dos vidas extraordinarias: Germán Sopeña y Emilio Becher
Dos vidas extraordinarias: Germán Sopeña y Emilio Becher

A 25 años de la muerte de Germán Sopeña en un accidente aéreo en Roque Pérez, La Nación vuelve a evocar al periodista que marcó la redacción del diario. Sopeña tenía 54 años cuando falleció junto con otras nueve personas en el trágico vuelo de 28 de abril de 2001. Su legado permanece vivo a través de la admiración, el respeto y la añoranza que dejó entre colegas y lectores.

La presencia constante de Sopeña en la memoria institucional del diario no obedece solo a su ejemplaridad como periodista, sino a la rara empatía personal que cultivó durante sus años de trabajo. Entre el 15 de mayo de 1986 y 2001, estuvo vinculado a La Nación, período en el que su desempeño se extendió por múltiples campos: reportajes, ensayos de viajes, columnas de opinión y análisis político. Su capacidad para decir "no" como resorte indispensable para el mando lo distinguió en la redacción.

Solo un periodista de la talla de Sopeña podía haber escrito La libertad es un tren, el libro de viajes que concentraba tres motivos centrales de su obra: la defensa de los derechos individuales, el afán de conocimiento pleno del mundo y la observación inmediata de lo visto, y el entusiasmo frente a la naturaleza capturada desde la ventanilla de un vagón.

Al reflexionar sobre la magnitud de la pérdida de Sopeña, emerge naturalmente la figura de Emilio Becher, periodista que murió en 1921 después de trabajar 15 años en La Nación. La comparación no es caprichosa: ambos fueron hombres de dominio absoluto de la lengua francesa, de erudición abundante, libertad mental y estilo claro. Ambos detestaban el lugar común como un sacrilegio de la palabra.

Becher había llegado a La Nación en 1906 tras desdeñar el ejercicio de la abogacía y dejar atrás su primer acercamiento al modernismo de Rubén Darío y Leopoldo Lugones. Probablemente llegó de mano de Roberto Payró, con fama ya adquirida en revistas literarias como Ideas, dirigida por Ricardo Olivera y Manuel Gálvez. Ricardo Rojas anotó que La Nación fue una tribuna digna del pensamiento de Becher y de los artículos magníficos que escribió en sus páginas. "Sus compañeros lo amaron y admiraron", señaló el autor de La restauración nacionalista.

Las diferencias entre ambos, sin embargo, eran notorias. Becher había nacido en Buenos Aires y fue criado en Rosario, mientras que Sopeña era hijo de un veterinario nacido en Huinca Renancó, Córdoba, y trasladado a temprana edad a la capital. Más aún: Becher vivía en soledad, en una habitación de hotel frente al edificio de La Nación en San Martín. Joaquín de Vedia, en sus célebres apuntes biográficos Cómo los vi yo, reveló la timidez pavorosa de Becher, su incapacidad para expresar sentimientos. Amó a una única mujer, pero ella nunca supo de eso porque él no se creyó digno de merecerla ni capaz de conquistarla.

Sopeña, por el contrario, maduró en el ámbito cálido y protector de la familia hasta su último día. Con desenvoltura y elegancia natural, podía abordar a dignatarios extranjeros en sus propias lenguas, desconcertar a economistas con preguntas bien documentadas, o sorprender en reuniones con su dominio de la guitarra y la bossa nova.

A partir de 1907, según Rojas, Becher comenzó a sufrir una crisis de voluntad, una disgregación interna lenta mientras su alma vivía retirada en una misteriosa frontera que se ahondó desde 1909, cuando tenía apenas 27 años. Vedia conjeturó que en Becher el alcohol fue algo más infausto que un vicio: fue un crimen. "Él bebía para morir", sentenció.

Pese a sus temperamentos dispares, ambos periodistas compartieron el mayor de los honores: el reconocimiento de sus pares logrado en un tiempo relativamente corto. Eso exalta aún más la excelencia de lo que dieron como intelectuales y seres sociales. Un cuarto de siglo después de su muerte, la figura de Sopeña permanece tan viva en la memoria de La Nación como lo estuvo Becher en la suya hace más de cien años. Ambos dejaron estelas de admiración que trascienden los números de años transcurridos.

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