Historia

Un puestero de Chubut descubrió un dinosaurio de 160 millones de años que ahora lleva su nombre

Dionides Mesa, que vive aislado en la meseta patagónica, halló los restos de una nueva especie de saurópodo jurásico que la ciencia bautizó como Bicharracosaurus dionidei.

Redacción4 min de lectura
Un puestero de Chubut descubrió un dinosaurio de 160 millones de años que ahora lleva su nombre
Un puestero de Chubut descubrió un dinosaurio de 160 millones de años que ahora lleva su nombre

Un puestero que recorre a caballo la meseta chubutense descubrió los restos de una nueva especie de dinosaurio jurásico de 160 millones de años que ahora lleva su nombre. Dionides Mesa, quien vive aislado en la zona de Gorro Frigio, en el noroeste de la provincia de Chubut, encontró el hallazgo sin saber exactamente qué había visto: simplemente lo llamaba "bicharraco". El equipo de paleontólogos del Museo Egidio Feruglio (MEF) de Trelew tomó la palabra al pie de la letra y bautizó la nueva especie como Bicharracosaurus dionidei.

La noticia llegó a Mesa a través de un medio tan singular como el lugar donde vive: el 24 de abril, Radio Nacional transmitió hacia la zona rural un mensaje que confirmaba el descubrimiento. En las mesetas patagónicas sin teléfono ni internet, los avisos de instituciones y familias viajan por radio para alcanzar a los pobladores dispersos. El anuncio de un dinosaurio con nombre propio compartió frecuencia con saludos de parientes y noticias cotidianas.

Mesa no tiene formación científica. Es un puestero: conoce su campo como si fuera su casa, detecta las mínimas alteraciones en un paisaje constantemente azotado por el viento. Para un paleontólogo, eso equivale a tener un ojo clínico para los fósiles. José Luis Carballido, investigador del CONICET con sede en el MEF, lleva más de 25 años visitando el campo de los Mesa. "Cada vez que encontraba fósiles nos avisaba y decía: '¡Encontré un bicharraco!', y nos llevaba hasta el lugar", recuerda Carballido. A veces hablaba de una "paleta" —una escápula—, otras de un "costillar" que terminaba siendo vértebras con costillas articuladas. Dionides no necesitaba otro vocabulario: sabía que los científicos comprendían de qué hablaba.

El hallazgo ocurrió hace aproximadamente 15 años. Dionides avisó que había visto un espinazo asomando del terreno. Los paleontólogos confirmaron que se trataba de vértebras articuladas y planearon el regreso. El yacimiento está a menos de 10 kilómetros de su casa, el más cercano de todos los que encontró. Los proyectos y el financiamiento demoraron las excavaciones. Cuando finalmente pudieron trabajar, necesitaron tres campañas para extraer todo el material incrustado en la roca.

La familia Mesa tiene un historial de contribuciones paleontológicas. Su hermano Leonides, que trabaja en el campo lindero, fue quien años atrás alertó sobre otro dinosaurio en su terreno: el Brachytrachelopan mesai, un saurópodo de cuello inusualmente corto, también del Jurásico. Ahora ambos hermanos tienen, cada uno, una especie con el apellido familiar. Dionides posee además su nombre propio inscrito en latín científico: dionidei.

Esta situación tiene más precedentes en la paleontología argentina de lo que suele suponerse. El Patagotitan mayorum, el dinosaurio más grande conocido del mundo, lleva el nombre de la familia Mayo en cuyo campo fue descubierto. Un gaucho vio una piedra redonda asomando del suelo: resultó ser la punta de un fémur. El Carnotaurus sastrei, el carnívoro de cuernos popularizado por el cine, homenajea a la familia Sastre: alguien fue a levantar un palo para arrear ovejas y encontró un hueso de dinosaurio.

Matías Cutro, jefe de prensa del MEF, explica que la "inmensa mayoría de los hallazgos son fortuitos y realizados por los propios pobladores". No es una excepción sino la norma: así funciona la paleontología patagónica. Los científicos tienen el entrenamiento para identificar especies; los puesteros poseen el territorio, el tiempo y los ojos. Sin unos, los otros no pueden trabajar.

Novedad en la iniciativa: el MEF anunció que comenzará a entregar placas de reconocimiento formal a todos los pobladores que hayan contribuido con hallazgos, de manera retroactiva. Hasta ahora, ese homenaje vivía en papers científicos y comunicados de prensa. Los descubridores tendrán algo concreto para colgar en la pared.

Extraer un dinosaurio de la roca requiere tiempo y precisión. Cada campaña de excavación implica llegar a un punto remoto de la meseta, trabajar con herramientas de precisión y envolver los huesos en yeso y arpillera —el mismo procedimiento de una fractura inmovilizada— para transportarlos sin daño. Esos paquetes, llamados bochones, viajan al laboratorio del MEF en Trelew. La preparación del Bicharracosaurus llevó un año y medio de limpieza milímetro a milímetro.

El análisis científico fue una tesis doctoral dirigida por el investigador alemán Oliver Rauhut junto con Carballido, llevada adelante por la paleontóloga Alexandra Reutter. El equipo reunió investigadores del CONICET, del MEF, del Instituto de Investigación en Paleobiología y Geología (IIPG), del Museo Argentino de Ciencias Naturales (MACN) y de la Ludwig Maximilian Universität de Múnich. El trabajo fue publicado en la revista PeerJ.

Los restos pertenecen a un único individuo adulto: parte de la columna vertebral, costillas dorsales y fragmentos de la cadera. El dinosaurio medía unos 15 metros de largo y pesaba cerca de 20 toneladas. Lo más distintivo son sus espinas neurales —proyecciones óseas sobre las vértebras— comprimidas y alargadas de adelante hacia atrás, diferencia clave respecto de otros saurópodos donde son más anchas que largas.

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